Rotos el mito de 1968 y la tradición pedagógica de México
Primera parte

Gilberto Guevara Niebla
En esta primera entrega, el director de la revista Educación 2001, recientemente galardonado por la Universidad Veracruzana con la Medalla al Mérito, habla en torno a los sucesos acaecidos en 1968 en México; giran verdades que el común de la gente desconoce, dado que, a pesar de los años transcurridos, el país no ha hecho un balance objetivo de lo sucedido en esa época

Édgar Onofre

 

El 24 de octubre de 1998, el novelista Paco Ignacio Taibo II publicó en el periódico La Jornada el artículo “2 de octubre: 30 años”, en el cual dio a conocer algunas notas resultantes de las indagaciones realizadas por la Comisión de la Verdad que el escritor encabezó en 1993. De acuerdo con Taibo II, aquella tristemente célebre tarde fueron disparados 15 mil proyectiles y hubo 300 muertos, además de 700 heridos y 5 mil estudiantes detenidos.

Uno de los más lúcidos dirigentes del Consejo Nacional de Huelga (CNH) en 1968 fue Gilberto Guevara Niebla, a la sazón estudiante de Biología en la UNAM y hoy uno de los principales especialistas en educación del país. Autor de títulos como La democracia en la calle (Siglo XXI, 1988) y Democracia y educación (Instituto Federal Electoral, 1998), Guevara Niebla también lo es de álgidas frases respecto del 2 de octubre de 1968:

“ Preveíamos los cocolazos, las detenciones masivas; estábamos preparados para la cárcel, bueno, más o menos, pero no previmos la muerte. Las unidades del Ejército se desplegaron en torno a la multitud como pinzas y en pocos minutos todas las salidas estuvieron cerradas. La multitud frenó de golpe al encontrarse frente a las bayonetas y retrocedió de inmediato: parecía una ola avanzando hacia el extremo opuesto de la plaza, pero también allí estaba el Ejército; desde arriba vimos cómo la ola humana empujaba hacia otro costado. Aún sin entender por qué corría y de golpe retrocedía aquella multitud incontrolable, los últimos que quedábamos junto al micrófono, al volver el rostro, encontramos los cañones de las ametralladoras”.

Sin embargo, el de Guevara Niebla no es un anecdotario precisamente lacrimoso. El año pasado publicó La libertad nunca se olvida (Cal y Arena), título con el cual el profesor, como en la siguiente entrevista, se refiere al movimiento de 1968 como un mito: “Hubo un encadenamiento de hechos que hicieron posible que una masa despolitizada, enorme, se incorporara a la protesta contra el gobierno, contra los abusos de la policía. Tan rudimentario como eso. Es mentira que en 1968 hubiera una colectividad consciente, informada.
“ Me torturaron en el Campo Militar Número Uno y me rompieron el alma, me destrozaron y tuve que rehacerme para seguir viviendo, pero ahora ya hay una cierta distancia”, explicó el propio Guevara Niebla en noviembre de 2004 durante la presentación de su libro realizada en el Distrito Federal, al referirse a la ventaja racional que representan el tiempo y la distancia para analizar los sucesos de 1968 con una mirada crítica y rigurosa.

Esta mirada, pues, es también con la que Guevara Niebla se introdujo a la agenda de la educación nacional. A partir de la premisa de que “la escuela no significa necesariamente educación”, ha realizado importantes aportaciones a la reflexión sobre la naturaleza y los accidentes de la labor educativa.

“ Tenemos muchísimas escuelas, gran número de maestros (un millón 500 mil), un gran esfuerzo social invertido en escuelas, un porcentaje del producto interno bruto (PIB) muy alto que se invierte en educación, pero los resultados son muy lamentables”, ha advertido en numerosas ocasiones y foros.

De los criterios oficiales vigentes para evaluar avances y retrocesos en la educación, Guevara ha señalado: “Me dice muy poco, realmente, saber el promedio de escolaridad en México; me dice muy poco la eficiencia terminal de la escuela; me dice muy poco la esperanza de sobrevivencia en el sistema escolar que tiene un alumno, por ejemplo. Es decir, todos los indicadores escolares nos dicen muy poco porque hay una especie de desfasamiento entre la escuela y la educación. Ir a la escuela no significa que los niños aprendan a leer ni que aprendan cálculo, aunque transcurran seis años en la escuela. La pedagogía es libresca, algo que a don Enrique Rebsamen o a Torres Quintero o a cualquiera de nuestros grandes pedagogos les hubiera parado los pelos de punta. Necesitamos quitarle peso pedagógico al libro”.

¿ Cuáles serían las diferencias fundamentales entre un estudiante universitario de hoy con uno de 1968?

Creo que no es muy fácil comparar, pero al mismo tiempo puedo decir que hace 36 años el entorno social, cultural, político era radicalmente distinto al de hoy. Si juzgamos desde el punto de vista político, tanto en 68 como en la actualidad había y hay, por ejemplo, una gran distancia de la juventud respecto de la política.

Yendo más allá del mito, muchos jóvenes —casi la mayoría— no estaban involucrados en política y estaban muy atareados en su vida privada. Pero lo que sí existía hace 36 años era una juventud que se podía relacionar con clases medias nuevas, emergentes en las zonas urbanas, y que estaban viviendo un brutal conflicto cultural y de adaptación.

Ese conflicto resulta muy claro si se lee (la novela del antropólogo estadunidense Oscar Lewis) Los hijos de Sánchez y se ve la diferencia entre los hijos y el padre: hay un abismo de valores entre los adquiridos por el padre en el medio rural y los adquiridos por los hijos en el medio urbano. Entonces, en la víspera de 1968 existía una clase media emergente y un conflicto cultural entre padres e hijos muy notable.

Asimismo, había un sistema político autoritario, presidencialista, de partido oficial, donde el fraude electoral era algo sistemático, con una opinión pública nula —en el sentido de que los medios de comunicación estaban absolutamente copados por el Ejecutivo y por los poderes estatales—. Sin embargo, dadas estas circunstancias, teníamos una especie de vulnerabilidad del sistema político: el sistema político mexicano, creado durante el periodo de la Revolución mexicana, había llegado a un punto en el cual no podía admitir la presencia de fuerzas políticas que actuaran con libertad o independencia respecto del partido oficial.

Esto, más que una fuerza, era una vulnerabilidad, y eso fue lo que ocurrió en 68: de repente, un incidente menor creó la química que permitió combinar todos estos factores y producir una explosión de malestar y descontento entre los estudiantes y de exigencia de respeto a las libertades políticas, eso fue lo que esencialmente pedían los estudiantes en 68. Una serie de elementos se combinaron, pues, para dar lugar a la protesta estudiantil. Sin embargo, el tratamiento que recibió la propuesta es otra historia.

En la actualidad, tenemos una sociedad más libre, más abierta, y jóvenes que han crecido en un ambiente más libertario que en la que crecimos nosotros.

Un joven de hoy está igualmente alejado de la política que los de 68, pero este distanciamiento está asociado, además, a un poderoso vínculo entre los jóvenes y los elementos de la vida privada como la televisión, el consumo, internet, etcétera. La vida privada ofrece satisfactores y gratificaciones que en aquella época no eran tan poderosos. El desinterés de los jóvenes por la política está más estructurado que el de los jóvenes de hace 36 años.

Por otro lado, la paradoja que las nuevas generaciones están viendo es que tienen posibilidades de participar pero, en este breve lapso de democracia en México, la política no ha logrado atraerlas, las ha ahuyentado y ha habido mucha decepción en una buena parte de este sector: la política, los políticos y los partidos políticos se han desprestigiado, lo cual se revela claramente en las encuestas de cultura política que se han hecho.

Me asombro mucho de la inteligencia de los jóvenes de hoy, de su libertad, y tal vez lo que me preocupa es el individualismo excesivo, el narcisismo, la dificultad que tienen algunos jóvenes para ver al otro, y este distanciamiento frente a la vida pública es el que debe preocuparnos a todos, porque ahora hay espacios de participación, margen de intervención y hay que usarlos.
Sin embargo, los jóvenes de hoy son más inteligentes, despiertos, flexibles y dejan resbalar más las cosas que nosotros. Nosotros nos azotábamos, pertenecíamos a una generación muy aprehensiva.

¿Este narcisismo, esta frivolidad, esconde algo en la espalda? ¿Angustia, quizá?
Estamos ante jóvenes angustiados. La ansiedad y la angustia son algo estructural, por un lado, de la sociedad moderna —y lo describió muy bien Erich Fromm en El miedo a la libertad—, es decir, la gente tiene miedo a tomar decisiones y enfrentar la vida.
Hoy, los jóvenes temen mucho a la vida, posponen más su ingreso a la adultez, no quieren asumir sus responsabilidades ciudadanas, por ejemplo. Muchos de ellos, incluso, no se casan, tienen noviazgos muy largos, pasa el tiempo y siguen viviendo con sus padres porque no se quieren alejar de ellos: hay una especie de infantilización de la juventud.

Esto tiene mucho que ver con la seguridad y la protección que existen en la actual sociedad para los niños y los jóvenes, cuyos derechos se respetan más hoy que en nuestra época, hace 40 años.

Ahora tenemos que matizar y decir que hay jóvenes pobres, para los cuales no hay problemas existenciales.
La pobreza es la fuente principal de ansiedad, las carencias materiales, la lucha día con día para aportar al hogar, si trabajas, o tener éxito en la escuela, si estudias. Y generalmente la distribución del éxito y el fracaso se relaciona con el origen social: los niños pobres suelen ser los más atrasados y los niños ricos, a quienes mejor les va en la escuela. En consecuencia, la vida escolar también genera mucha ansiedad, sobre todo entre los muchachos de grupos más desfavorecidos.

La ansiedad y la angustia están en todas partes. La vida plantea muchos desafíos que no sólo angustian a los jóvenes, sino a todos. Un hecho notable, por ejemplo, es la globalización: por un lado, de repente, el mundo se integra económicamente como lo ha hecho, a través de franjas de mercado que atraviesan las naciones, estructuras de mercado muy amplias. Por otro están la interconexión y la comunicación entre naciones.

La globalización es paradójica porque al mismo tiempo que nos acerca con lo distinto, permite identificarlo y distanciarnos de ello. Curiosamente, en el momento en que el mundo se ha integrado —con la televisión, por ejemplo—, han surgido las reacciones de nacionalismo y etnocentrismo más poderosas que se han observado en mucho tiempo.

La globalización también genera sentimientos de separación y formas de identidad excluyentes. Y es que somos distintos y nuestras actitudes nos impiden superar las diferencias y nos llevan a acentuarlas, es lo que está ocurriendo: nos estamos globalizando y, al mismo tiempo, separando, fragmentando, distanciándonos más.

Las preguntas anteriores vienen a colación porque el movimiento de 68 ha sugerido a las generaciones siguientes que es posible hacer frente al poder o morir en el intento.

Acabo de publicar el año pasado La libertad nunca se olvida, y en este libro tomé conciencia de la ausencia casi total de claridad en el público sobre lo que ocurrió en 68 y, sobre todo, de la ausencia total de acumulación de experiencia en la dimensión racional; 68 es un gran mito o muchos mitos, pero no hicimos oportunamente un balance de lo que ocurrió, y México todavía no lo hace, en alguna medida.

La publicación de este libro, que es un testimonio detallado y documentado de lo que ocurrió aquel año, ha tenido un eco que me ha sorprendido, porque la gente ha reaccionado con sorpresa al ver un 68 que no pensaron que hubiera sucedido jamás.
En mi escrito presento una realidad muy distinta a lo que la imaginación o la herencia mítica ofrecieron; entonces, ese optimismo de que es posible cambiar es una lección sacada muy deprisa de 1968.

Mi generación, al contrario, lo que vivió al experimentar sobre todo la matanza de Tlatelolco fue un choque brutal contra la realidad, que fue como un salto al vacío. Las cosas no se modifican. Lo que 1968 enseña es que la dimensión meramente voluntaria no es suficiente para la transformación y que ésta es algo más lenta de lo que esperas. Si nos fijamos, el cambio democrático en México ha sido desesperadamente lento.

Las generaciones siguientes también han hecho un reclamo de dimensiones trágicas. ¿En qué clase de país vivimos que permite maten a sus hijos? ¿Es un flagelo exagerado?

Considero que cuando eres víctima de una matanza, cuando la sociedad sufre un trato tan cruel como el que las autoridades dieron a los jóvenes en 1968 —sobre todo el 2 de octubre—, la reacción lógica es llenarte de indignación, de coraje, de rencor. No puedes dar respuesta racional a lo irracional. El fascismo no merece el diálogo, se debe combatir. Lo que ocurrió, sin embargo, es que este país tenía (y tiene) un potencial de transformación mayor del que suponíamos: algunos jóvenes se lanzaron a la lucha armada, desesperados porque pensaron que jamás habría un cambio. Y mientras ellos sacrificaban sus vidas y las de otros —entre ellos muchos civiles inocentes—, el país cambiaba: México entró a la ruta de la democracia, institucionalmente, desde 1978, pero sobre todo a partir de 1986 y, contundentemente, con la autonomía del Instituto Federal Electoral (IFE), en 1996.

Todo eso no lo podía imaginar una víctima de Tlatelolco, lo que podía imaginar era que tenía frente a sí un totalitarismo. Se necesita un equilibrio entre lo racional y lo emocional, pero cuando te disparan un balazo no puedes responder racionalmente.

Y lo que creo es que, en la mirada que sucesivas generaciones han tenido sobre los hechos de 1968, ha dominado lo emocional y no lo racional, ha faltado poner en la balanza lo que pasó, cómo actuaron unos y otros, porque los estudiantes tampoco están exentos de culpa en lo que pasó —como lo demuestro en mi libro—, cometieron suficientes errores para limitar el espacio o el margen de acción de las propias autoridades.

Las sociedades y las civilizaciones avanzan por ensayo y error. Vivimos una experiencia, la reflexionamos, sacamos lecciones y aprendemos. La humanidad reside en el hecho de que el hombre no se tropiece con la misma piedra dos veces, pero nos tropezamos si no somos capaces de ponernos por encima de la emotividad, y lograrlo es muy difícil.

A las generaciones siguientes también se les reclama que carecen del espíritu universitario que los estudiantes mostraron
en 1968...

Es un mito. En realidad, si se lee el libro que escribí, vemos que hubo un encadenamiento de hechos que hicieron posible que una masa despolitizada, enorme, se incorporara a la protesta contra el gobierno, contra los abusos de la policía. Tan rudimentario como eso. Luego se fue convirtiendo en una protesta de mayor alcance, pero es mentira que en 1968 hubiera una colectividad consciente, informada: precisamente la desinformación fue lo que hizo posible que se cometieran tantos errores en el comportamiento político de los muchachos.

Insultar la figura del presidente Gustavo Díaz Ordaz gritando: “Sal al balcón, hocicón” es gracioso y es típico de un adolescente, pero si haces política en serio, no puedes incurrir en ese lenguaje sin pagar un costo, el cual puede ser que la gente seria te desprecie.
Las personas que creen en ti y en que estás luchando por el cambio democrático no admiten, no justifican esas expresiones. Si estás en política, hay que hacerlo seriamente, y los jóvenes del 68 estaban a medias en la política, seguían jugando y tuvo consecuencias muy graves.

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