La lucha por la democracia de una generación

Gilberto Guevara Niebla, uno de los líderes emblemáticos de los estudiantes mexicanos del siglo XX, convalida la naturaleza democrática del movimiento de 1968, "no sólo en relación con su organización, sino también con el significado político más amplio de sus reivindicaciones"

Carlos Reyes
cra19762003@yahoo.com.mx

Abrirle paso, construir la democracia, buscar en aquel entorno la conciencia y el derecho a la libertad. Esos fueron los ejes que dieron pie a una lucha que, en agosto de 1968 tomó un ritmo vertiginoso y creciente. La búsqueda de los jóvenes anhelaba encontrar eco en una sociedad más crítica y exigente.

La irrupción de los estudiantes en aquellos años y la posterior conformación de lo que sería un movimiento social, que rebasó por mucho el horizonte académico, puso en vilo la conciencia de la sociedad de aquel entonces.

Apareció en el lenguaje de los estudiantes, y de otros sectores que confluyeron en las manifestaciones de 1968, la democracia moderna, una democracia que clamaba por la pluralidad, por la apertura.

Un movimiento que vino a cambiar el espectro social y cultural de un país acostumbrado a la imposición, al ostracismo en cuestiones políticas. La participación activa comenzó a ser a partir de entonces un factor decisivo en la expresión de inconformidades y descontento.

Y de ahí partió todo, del clima de insatisfacción del que los jóvenes, hasta ese momento, no habían encontrado forma para expresarlo y alzar la voz para demostrar que no estaban conformes con un entorno que les era ajeno, hostil.

Las brigadas estudiantiles, las campañas informativas de a pie, las asambleas, formas incipientes de una democracia que era vista por los jóvenes como un ideal o una utopía posible, dejaron huella en las generaciones posteriores.

La democracia que no se daba en los círculos de poder, donde se concentraban las decisiones, apareció en las calles, en las movilizaciones multitudinarias, en las pintas, en las mantas, en las consignas de una generación que decidió comerse el mundo en aquellos años.

Su lucha por la democracia tenía claramente un objetivo. No puede entenderse ahora el proceso democrático del país, coinciden los propios líderes estudiantiles de antaño, sin el impacto y la trascendencia de un año en el que se vivió al tope, al doble o nada, de un movimiento que encontró en el desafío a su mejor aliado.

Los aprendizajes
Dice Gilberto Guevara Niebla, en su libro La democracia en la calle. Crónica del movimiento estudiantil mexicano, que la del 68 “ha sido la lucha estudiantil moderna de más amplia trascendencia”.

Señala el investigador que, por la envergadura y los alcances que tuvo en la vida nacional, el movimiento estudiantil no era en realidad eso, sino una expresión social más incluyente en la cual tenía cabida un fuerte descontento social.

Fue, a decir de Guevara Niebla, el del 68, un movimiento “democrático, no sólo en relación con su organización, sino también en relación con el significado político más amplio de sus reivindicaciones”.

Y es que los jóvenes se organizaron de manera espontánea, ajenos a las organizaciones estudiantiles y, sobre todo, al margen de una dirección “política partidaria”, como lo establece el líder estudiantil de aquellos años.

La democracia, entonces, se daba en las calles, alejada de los círculos de poder y la clase política. Las nacientes formas de participación equitativa, sin intervención de directrices burocráticas se gestaban en el seno del movimiento estudiantil.

Por ende, una de las principales aportaciones de esta generación “a la cultura política”, de esta lucha por la democracia, que iniciaron a partir de su descontento social, fue haber puesto en evidencia a un régimen político que se encontraba “anquilosado”, con una fuerte tendencia “conservadora”.

“El movimiento introdujo en la vida política mexicana o le confirió una nueva significación de una democracia moderna plural, con una intervención activa de las masas en la gestión del Estado; al mismo tiempo los estudiantes reivindicaron y dieron nueva actualidad al tema inveterado de las libertades políticas”, comenta Guevara Niebla.

Porque cuestionó la concentración exagerada de poder en manos del presidente, al tiempo que puso en entredicho la presencia y el papel del Partido Revolucionario Institucional y dejó en duda la unidad nacional y el progreso que tanto pregonaban los políticos de ese tiempo.

“Con el solo hecho de la conquista de la calle o la mera circunstancia de cristalizar como un gran movimiento de masas, el movimiento de 1968 contribuyó a derribar el mito de la invulnerabilidad del poder y abrió cauces a nuevas formas políticas de oposición”, apunta Guevara Niebla en su texto.

Y como dice el propio investigador, lo que inició con “aparentes incidentes triviales unidos por una lógica inexorable”, los cuales despertaron el descontento de cientos de estudiantes en la capital del país, y posteriormente en el ámbito nacional, y encontraron una salida para darse a conocer y hacerse escuchar, catapultaría la oportunidad de romper con muchos mitos y muchas imposiciones.

“El movimiento estudiantil puso a los gobernantes entre la espada y la pared dado que éstos no podían ceder sin poner en juego el destino del sistema político autoritario que se proclamaba como ‘herencia’ de la Revolución mexicana”, apunta en su texto.

Y en ese entorno, el desafío de los estudiantes, de una generación, buscó a toda costa hacerse eco en otros sectores de la sociedad. Era momento de entender que era tiempo de exigir, de sacudirse las displicencias y avanzar en el camino hacia la democracia. Así lo entendían los jóvenes de 1968.

Una mirada a la libertad
Para Félix Hernández Gamundi, otro de los dirigentes estudiantiles de aquellos años, los jóvenes de aquella generación entendieron, sobre la marcha del movimiento, que era tiempo de luchar por la transformación de las relaciones sociales, las relaciones entre la sociedad y el Estado.

“El movimiento de 68 se desarrolló en medio de una tremenda explosión de descontento de los jóvenes en contra del autoritarismo del Estado, del gobierno, pero también en contra de muchas otras expresiones de autoritarismo presentes en todas las esferas de la sociedad, en el núcleo familiar, entre padres e hijos; en las escuelas, las formas de relación que se daban entre autoridades y maestros con los estudiantes; en muy diversas organizaciones sociales, como los sindicatos y los partidos; etcétera”, sostiene.

En entrevista, Hernández Gamundi comenta que el 68 no puede verse como un fenómeno aislado, sino como parte de un proceso social complejo porque la explosión de la juventud, desde luego, estaba nutrida también por experiencias de represión hacia movimientos previos.

“Quizá el elemento más novedoso del movimiento estudiantil es que se trató de una movilización juvenil masiva; de un sector como el estudiantil al cual el gobierno se había encargado de mantener dividido, polarizado, enfrentados unos con otros; el movimiento de 68 enarbola demandas netamente políticas, que afectan a todos los movimientos sociales, no enarboló ni una sola demanda estudiantil, universitaria, o sobre temas educativos”, recuerda.

Por eso, agrega, los alcances y el impacto que tuvo a la larga el movimiento estudiantil, porque a final de cuentas se constituyó en una expresión con carácter netamente político, que buscaba convertirse en una instancia democratizadora, transformadora. Decían los estudiantes, “un movimiento con un enorme potencial revolucionario”.

“Mucho de lo que la democracia ha avanzado hoy tiene su explicación en el movimiento de 1968, las luchas democráticas actuales solamente se entienden en función de todos estos antecedentes, todo va ligado”, comenta.

Pero para Hernández Gamundi, uno de los principales aportes del movimiento estudiantil a la construcción de la democracia estriba en la forma de organización con la cual operaron los estudiantes durante poco más de tres meses. La dirección de ese núcleo tenía un carácter profundamente democrático.

En ese sentido, recuerda que el Consejo Nacional de Huelga (CNH) fue una experiencia de dirección colectiva, colegiada, estrechamente vinculada con la base del movimiento, que las asambleas generales diarias en todas las escuelas en huelga; la revocabilidad de los representantes al CNH, la rendición de cuentas permanente de las dirigencias de cada escuela y la facultad inalienable e indiscutida de la asamblea para ratificar o revocar a sus representantes todos los días, eran parte de esos mecanismos de representación que no tenían cabida en otras esferas sociales.

“Las brigadas, con una fuerza y una autoridad tremenda para opinar sobre el curso del movimiento, eran el elemento que mantenía el contacto más profundo con la población; eran también la mayor fuente de financiamiento del movimiento mediante el ‘boteo’; se gestaba un fenómeno social y político alrededor del movimiento estudiantil, gracias a este tipo de mecanismos”, considera Hernández Gamundi.

Quizá por eso, enfatiza el líder estudiantil, el movimiento del 68, con su experiencia colectiva y abierta, dignificó la política, legitimó el derecho de los disidentes y de la sociedad toda para hacer política.

Por eso, agrega, la revuelta estudiantil se convirtió en un legado, en relación con la experiencia colectiva para decidir las acciones y el futuro de cualquier movimiento y eso se refleja en una sociedad más crítica y dispuesta a tomar el camino de la expresión de demandas e inconformidades.

“El movimiento propuso ante la sociedad, la discusión de asuntos realmente trascendentes, sigue impactando la discusión política de México, produjo una sociedad más demandante, una sociedad para la cual la actividad política es algo legítimo”, apunta. 

Y la discusión, desde entonces, no ha dejado de acudir a la democracia, la justicia, los derechos humanos. Es, para el movimiento, puntualiza Hernández Gamundi, uno de los más grandes méritos y una de las metas que siempre visualizaron, desde el inicio, los jóvenes de aquella generación: el derecho y la conciencia de la libertad.

La base de las transformaciones
El 1 de agosto, el rector de la UNAM, Javier Barros Sierra, encabezó una manifestación que, desde Ciudad Universitaria, recorrió la avenida Insurgentes hasta Félix Cuevas y concluyó con un mensaje del ingeniero que llamaba a privilegiar el diálogo.

Tres días más tarde, el movimiento estudiantil elabora un pliego petitorio que se convertiría en la punta de lanza de los días siguientes. En resumidas cuentas, pedían acabar con las acciones represivas y una mayor apertura a la libertad de expresión y manifestación en las calles del país.

Las evidencias del malestar juvenil eran más que evidentes. Éste, como lo recuerda Jesús Martín del Campo, otro más de los dirigentes estudiantiles de aquella época, hasta ese momento no había encontrado mejor manera de salir a flote, de expresarse abiertamente y encontrar resonancia en un entorno demasiado adverso.

“En esa época no teníamos otra salida para manifestar lo que nos parecía contrario, teníamos un malestar por diferentes elementos que en ese entonces se aglutinaban y el enfrentamiento de finales de julio vino a encender una chispa y a abrir una veta que en ese momento parecía inagotable.

“Entonces nos dimos cuenta que éramos una generación con muchas inconformidades, con mucho recelo por lo que estábamos viendo, nos dimos cuenta que teníamos que ser una generación que defendiera las libertades democráticas, la libertad de expresión, en fin, todos esos elementos que nos era imposible tener en ese momento”, dice.

En entrevista, Martín del Campo puntualiza que, en el momento en que los estudiantes salieron a las calles a protestar por los acontecimientos de julio y agosto de 1968, no eran conscientes del potencial que tendría días después ese movimiento y el impacto que generaría en el sistema político del país.

“En los hechos, no nos lo propusimos al principio, la idea era protestar contra la represión y nada más, pero nos dimos cuenta que los problemas iban más allá de eso, y bastaron poco más de tres meses para que este movimiento se convirtiera en un parteaguas”, considera.

Y vino entonces el apoyo y la solidaridad de otros grupos sociales. El 13 de agosto se realizó una manifestación al Zócalo, la cual partió del Museo Nacional de Antropología. Una semana después la manifestación y el recorrido se repiten, sólo que ahora son cerca de 500 mil, los participantes y los estudiantes permenecen en el Zócalo hasta la madrugada.

“Es la evidencia de que era el principio del fin del modelo de Estado autoritario, de mecanismos de control de la sociedad que, al generalizarse, infundían en los jóvenes ese malestar acumulado, no pedíamos soluciones para el estudiantado, el meollo era la represión”, sostiene el líder estudiantil.

Era una manera de enfrentar, añade, de confrontar a un régimen autoritario que si bien hablaba de diálogo, no ofrecía muestras fehacientes de solucionar este brote mediante la discusión y el intercambio de ideas.

“Por eso, el eco que tuvo en las calles, su naturaleza fue muy impresionante, poder identificarnos en las calles, asumirnos como un colectivo, era parte de una expresión juvenil que reunía a diferentes sectores, inquietudes expresadas en las grandes marchas, muestras de solidaridad, críticas contra el establishment”, señala.

Martín del Campo expresa que la participación masiva de las mujeres, las brigadas y otros mecanismos se volvieron parte de una democracia incipiente. No había jerarquías ante un cerco absoluto que se fraguaba alrededor del movimiento estudiantil.

“Aquí encontramos las bases de lo que serían después las luchas sindicales de los años posteriores, no por algo muchos activistas tuvieron que ver después con la creación de corrientes sindicales y sociales que enarbolaron la bandera de la democracia”, afirma.

Incluso, dice quien fuera líder estudiantil de ese tiempo, las transformaciones logradas por el movimiento estudiantil en el ámbito político, también tuvieron eco en el entorno cultural y educativo, por citar algunos ejemplos.

Considera que a raíz de estos mecanismos de apertura que impulsaron los estudiantes, se transformó la relación entre el maestro y el alumno y dejó de ser tan vertical y rígida como lo era antes de las manifestaciones juveniles.

Prueba de ello, explica Martín del Campo, fue la aparición de otros modelos educativos en la educación media superior y algunas otras modificaciones que se fueron insertando en la sociedad en los años posteriores a los acontecimientos de 1968.

“Aquí encontramos la base de muchos de esos cambios, eso es innegable, a cuarenta años, la reconstrucción de los hechos nos sigue llevando al mismo camino, se trata de eventos que como individuos, como ciudadanos y como sociedad nos hizo madurar y a darle un sentido distinto a todo lo que estábamos viendo y viviendo en aquellos años”, puntualiza.

Agosto cerraba con el apoyo multitudinario de otros sectores al movimiento estudiantil. Los jóvenes siguieron su marcha y el desafío era claro. La lucha por la democracia estaba en pleno.

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