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68…
Fernán A. Osorno H.
el_oso_negro@gmail.com
Mis padres, sin duda alguna, se identifican con el movimiento del 68. Más aún, parecen compartir un lazo con sus semejantes que rebasa la identidad compartida por una lucha en contra de cualquier tipo de control/opresión de las formas de poder. Hoy en día todo aquello queda atrás, anécdotas, casi mitos de las luchas de la izquierda. El 2 de octubre pasa a ser el día en que ganó México el Mundial Sub-17.
Año tras año nos platican acerca del movimiento estudiantil del 68, acerca de la matanza de Tlatelolco con imágenes dramáticas de soldados y tanques correteando a jóvenes en mezclilla acampanada, con gotas de Marx y el Che corriendo por sus frentes.
Sin embargo, lo único que queda grabado en el paso de genes de una generación subsecuente es el gusto por la música de Jimi Hendrix, la estética de la época y la repulsión hacia las manifestaciones izquierdosas que lideran fósiles sin rumbo, sin estructura.
El otro lado de la lucha, en la academia, el intelectual de nuestra sociedad, no parece tener un alcance hacia los jóvenes, un instrumento comunicativo que traduzca aquella pasión que arde en el recuerdo de su lucha hacia un lenguaje que pueda ser entendido por aquellos que no estuvieron presentes en el 68.
En su incesante intento por una reestructuración, una nueva distribución del poder que pague tributo a los compañeros muertos en batalla, también, como las gotas que alguna vez caían por sus frentes, se van secando en el desvanecido idealismo de la izquierda; haciendo aun más incomprensibles los gritos de unión hacia los hijos de revolucionarios.
Al parecer, lo único que resalta del movimiento estudiantil es el 2 de octubre (así como lo del futbol); de ahí en fuera, pocos conocen siquiera la fecha en la cual comenzaron los enfrentamientos (finales de julio en la preparatoria “Isaac Ochoterena”, en la Plaza de la Ciudadela, en el Centro Histórico, como comenta Carlos Monsiváis en una entrevista con Jorge Medina Viedas en la pasada edición de Campus), menos las demandas (los seis puntos o pliego petitorio; que solicitaban, en pocas palabras, una respuesta coherente reivindicativa por los encuentros —muertes y presos— previos en julio) de los estudiantes hacia el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría, que provocaron las acciones agresivas desesperadas del mismo gobierno en el mes de octubre.
¿Qué queda? ¿Qué del 68 queda en las siguientes generaciones? Me gusta pensar que la lucha contra la opresión es algo marcado en nuestras mentes de manera natural, como un sistema adaptativo hacia ambientes adversos. Que la idea de equidad, de un bien común, o amistad civil como decía Aristóteles (philia), donde se espera una convivencia que refleja un respeto recíproco entre las partes involucradas, de tal manera que el actuar social refleja una conciencia social encaminada hacia el bien común (Luis Muñoz Oliveira, "Amistad civil". Campus 280, 10/07/08).
Una forma de verlo es que el 68 amplifica aquellos rasgos sociales que se pierden en el abismo del poder; otra manera es que aquellos como el deseo de poder son instintivos para al hombre, así que siempre existirán aquellos que luchan a contracorriente y otros que disfrutan de la caída libre y que, por lo tanto, eventos como el 68 son un mero reflejo de la naturaleza humana, sin héroes ni villanos ni lecciones por aprender.
Yo me inclino por la primera posibilidad, la sociedad y quienes la conforman buscan ese bien común que denominamos justicia; disfruto de las utopías, tengo una incontenible necesidad de quejarme y buscar el cambio por medio de la equidad. Por lo que se refiere a las preguntas previas, miro el después de los hechos y sólo veo que el contenido se ha ido perdiendo, que los jóvenes no estamos familiarizados con el 68, no hay un conocimiento del evento y, por lo tanto, carece de sustancia e identificación. ¿Qué queda? No me queda más que recurrir a mis buenos amigos los puntos...
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